La moda en México está cambiando. No de golpe, no sin tropiezos, pero de forma irreversible. Durante décadas, el talento masculino nacional fue invisibilizado, reducido a un rol secundario o forzado a encajar en estereotipos que no reflejaban la diversidad real del país. Hoy, ese modelo comienza a resquebrajarse. Y la trayectoria de Kenta Sakurai es prueba viva de ese proceso.
Antes de que México volteara a ver a sus propios modelos, Kenta tuvo que irse. Su apariencia —más oriental que la idea tradicional del “modelo mexicano”— no encontraba espacio en una industria local que aún buscaba validación externa antes de confiar en lo propio. En lugar de resignarse, decidió apostar por su carrera fuera del país, especialmente en Asia, donde el rigor profesional y la estructura le permitieron crecer, aprender y sostenerse.
No fue una huida: fue una formación. Lejos de casa, Kenta entendió que el talento no basta si no se acompaña de disciplina, constancia y paciencia. “La parte de mí que nunca sale en las fotos es justo esa”, dice. Reinventarse una y otra vez, adaptarse a mercados exigentes, aprender a esperar. Todo eso construyó una carrera real, no una ilusión de éxito inmediato.
Paradójicamente, fue en el extranjero donde comprendió el verdadero valor de su identidad. “Afuera entendí que lo mexicano no es una desventaja, es un diferencial”. Mientras en México su imagen parecía no tener lugar, fuera del país su mezcla cultural se convirtió en una narrativa potente. Ese choque cultural también le dejó una lección clave: el profesionalismo extremo. Puntualidad, claridad, respeto por cada rol dentro de una producción. Algo que, según él, en México aún se está aprendiendo a institucionalizar.
Durante mucho tiempo, la moda nacional colocó al modelo masculino como acompañante. El foco estaba en la mujer, mientras el hombre ocupaba un lugar decorativo, prescindible y fácilmente reemplazable. Kenta lo explica sin rodeos: no se trata solo de reconocimiento mediático, sino de que los modelos hombres sean tomados en serio como voces dentro de la industria, como cuerpos que también comunican discurso, identidad, fuerza y vulnerabilidad.
Sin embargo, algo empezó a moverse. En los últimos años, la moda en México ha comenzado a abrir el panorama. Nuevos creativos, nuevas marcas y plataformas editoriales han entendido que la representación importa, y que los modelos mexicanos no son un “plan B”, sino protagonistas con historias propias. Ya no existe un solo estereotipo del modelo mexicano: hoy conviven perfiles distintos, cuerpos diversos y narrativas más honestas.
El regreso de Kenta a México —paulatino, medido— coincide con ese momento de transformación. No volvió para adaptarse a un sistema antiguo, sino para formar parte de uno que empieza a replantearse. Su experiencia internacional lo colocó en una posición distinta: la de alguien que entiende el negocio, conoce su valor y sabe que una carrera se construye a largo plazo.
Por eso, cuando jóvenes modelos lo ven como referente, Kenta lo asume con gratitud, pero sin pose. “Se ha dado por añadidura”, dice. No por una estrategia de visibilidad, sino por la constancia. En una era dominada por redes sociales, su mensaje es casi contracultural: no confundir likes con carrera. Las plataformas digitales ayudan, sí, pero también distorsionan expectativas. El trabajo real sigue estando en la preparación, el respeto por los procesos y la inteligencia emocional.
Para él, las barreras del modelaje masculino en México no están en el talento, sino en el sistema: falta de inversión, de contratos claros, de narrativas que apuesten por los hombres como contadores de historias. Cambiar eso implica creer que el modelo masculino también vende identidad, no solo ropa.
La moda mexicana está en una etapa de revisión interna. Empieza a entender que no necesita importar rostros para validarse, sino construir desde adentro. Que apoyar al talento nacional no es un gesto simbólico, sino una estrategia cultural y creativa. En ese contexto, Kenta Sakurai representa algo más grande que una carrera exitosa: representa la posibilidad de un nuevo paradigma.
“Ser modelo en México es un acto de resistencia, identidad y evolución constante”.
Su frase no es un cierre, es una declaración. Una que conecta con una generación de modelos que ya no quiere irse para siempre, sino salir, aprender y volver a un país que empieza —por fin— a mirar a los suyos.
El siguiente paso.
Hoy, Kenta Sakurai ya no solo camina pasarelas ni protagoniza editoriales: habita el centro de la conversación. Vigente, reconocido y con una presencia que cruza moda, entretenimiento y cultura pop, se ha convertido en una de las figuras más visibles de la fashion industry en México. Su paso por distintos reality shows de televisión lo acercó a audiencias masivas sin diluir su esencia, demostrando que el carisma también es una forma de disciplina. Ahora, mientras la industria lo mira desde otro ángulo, Kenta se prepara para un nuevo territorio: la conducción televisiva, un espacio donde su voz, su historia y su sensibilidad estética encuentran un nuevo formato. Porque cuando la carrera se construye con intención, evolucionar no es desviarse, es expandirse.
Kenta Sakurai no ocupa este espacio solo.
Desde esta portada, Kenta entiende la visibilidad como algo que se comparte, no como un privilegio que se guarda. Su presencia abre camino y ensancha la mirada: la moda mexicana ya no se construye desde una sola cara ni desde una sola historia. Junto a él aparecen otros modelos mexicanos que, sin ser promesas vacías ni “new faces” pasajeras, representan una generación que ha trabajado en silencio, con disciplina y convicción, y que hoy está lista para ir más lejos.
Esta editorial no habla de individualidades aisladas, sino de una escena que empieza a reconocerse, a apoyarse y a avanzar junta. Porque cuando uno abre la puerta, el verdadero cambio ocurre cuando decide no cerrarla detrás de sí.
Saúl Rivera: identidad, vulnerabilidad y la nueva generación que no pide permiso
Saúl Rivera, originario de Tampico, Tamaulipas, forma parte de una generación de modelos mexicanos que entiende el modelaje como lo que realmente es: una profesión que exige preparación, carácter y conciencia. Para él, ya no se trata solo de posar, sino de saber quién eres cuando la cámara se apaga. En sus fotos aparece serio, firme, casi impenetrable; fuera de ellas es todo lo contrario: cercano, extrovertido, profundamente humano. Esa dualidad es justo lo que hoy redefine al modelo masculino en México.
En una industria donde el rechazo es constante, Saúl aprendió pronto que los “no” no invalidan el talento. No encajar no es fallar. Es simplemente entender que la diversidad existe y que ningún rostro es menos mexicano que otro. Para él, uno de los estereotipos que urge romper es la idea de que hay un solo tipo de belleza nacional. México es identidad múltiple, y el modelo mexicano no solo representa una estética, sino una historia con raíces.
Saúl cree en el crecimiento internacional, pero no como fuga, sino como aprendizaje. Salir para volver más fuerte. Porque el verdadero valor está en regresar a un país que empieza a abrir espacio a nuevas narrativas masculinas: más vulnerables, más honestas, más reales. “Ser modelo en México”, dice, “es aprender a destacar sin dejar de ser uno mismo”. Y en esa frase vive el futuro.
Alan Márquez: resistir también es triunfar
La historia de Alan Márquez no se cuenta desde el glamour, sino desde la resistencia. Abogado de profesión, dejó una carrera estable para apostarlo todo al modelaje. Llegó a la Ciudad de México, de los Altos de Jalisco, sin contactos, sin garantías y con más dudas que certezas. El primer “no” que marcó su camino no vino de un casting, sino de su propia familia. Y aun así, siguió.
Durante seis años ha vivido del modelaje, entendiendo que antes de vivir, muchas veces hay que sobrevivir. Miles de castings, incontables rechazos y solo unos cuantos sí que justifican todo. Alan aprendió que el rechazo no es personal, que esta industria no se trata solo de talento, sino de decisiones ajenas, timing y visión creativa. Si no estás listo para aceptar los no, dice, no estás listo para este camino.
Desde su experiencia, la moda mexicana aún tiene una deuda con sus modelos: presupuestos justos, respeto profesional y una mirada menos superficial. Porque sin modelos no hay narrativa, no hay industria. Representar a México, para Alan, también implica romper prejuicios sobre cómo “debe” verse un mexicano. La diversidad no resta identidad, la amplifica.
“Ser modelo en México es una aventura”, resume. Volátil, dura, emocionalmente demandante. Pero también profundamente transformadora. Porque cuando los frutos llegan, entiendes que resistir también es una forma de triunfar.
En The Title creemos en el poder de las historias que se parecen a nosotros. Apostar por los modelos latinos —y especialmente por los mexicanos— no es una tendencia: es una postura. Kenta Sakurai, Saúl y Alan no son excepciones afortunadas, son el reflejo de una generación que decidió no pedir permiso para existir en la industria. Tres trayectorias distintas, un mismo mensaje: sí se puede construir una carrera desde la identidad, la disciplina y la autenticidad.
Hoy los celebramos no solo por lo que han logrado, sino por lo que provocan: inspiración real para quienes los miran y se atreven a imaginarse ahí también. Porque cuando alguien se convierte en referente, el impacto ya no es individual: se vuelve colectivo.





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