Hay algo profundamente humano en los deseos que intentamos esconder. Esos que guardamos debajo de la rutina, de las expectativas, del miedo o de aquello que creemos que deberíamos sentir. A veces pensamos que negar lo que queremos nos protege, cuando en realidad solo consigue alejarnos de nosotros mismos.

Ese es uno de los territorios emocionales que explora María José de la Cruz a través de Cecilia, su personaje en Hotel Todo Incluido, la nueva producción original de ViX que combina comedia, romance y fantasía. La serie sigue a Sebastián Martínez, un joven recién graduado en turismo que termina convertido, contra todo pronóstico, en gerente del hotel Amalaya del Río. La llegada de una misteriosa niña con poderes mágicos, capaz de conceder los deseos de los huéspedes, transforma el rumbo de quienes habitan este universo.

Pero en medio de la fantasía aparece una verdad mucho más cercana: hay deseos que no necesitan magia para existir. Solo necesitan que tengamos el valor de reconocerlos.

Cecilia llega como la mejor amiga de la novia, invitada por la madre de esta para provocar un reencuentro entre ambas. Lo que parece una reunión entre amigas pronto revela una historia de amor que las dos han intentado ocultar y negar. Y es precisamente ahí donde María José encuentra una oportunidad para explorar una emoción que trasciende la pantalla: el miedo a aceptarnos cuando aquello que somos no coincide con lo que alguna vez imaginamos que debíamos ser.

La valentía de dejar de mentirse

Interpretar a Cecilia significó acercarse a una mujer que sabe, en algún lugar profundo de sí misma, lo que siente, aunque todavía no esté lista para admitirlo.

Para María José, esa dimensión del personaje también abrió una reflexión personal.

Al final del día el mentirte es perder a la persona más importante que vas a ser siempre tú mismo”, comparte durante nuestra conversación.

La frase podría funcionar como una declaración de principios para una generación que ha aprendido a hablar de autenticidad, pero que todavía enfrenta el desafío de vivirla. Porque escogernos a nosotros mismos no siempre es sencillo. Muchas veces implica decepcionar expectativas, abandonar lugares conocidos o aceptar que la vida que imaginábamos no necesariamente es la que nos hará felices.

Cecilia está precisamente en ese punto de quiebre. Y quizá por eso su historia resulta tan poderosa: porque antes de hablar de amor hacia otra persona, habla del amor propio que necesitamos para reconocer nuestra propia verdad.

“Muchas veces preferimos no perder a alguien”, reflexiona María José. “Desafortunadamente no siempre se nos inculca el escogernos a nosotros antes”.

En esa vulnerabilidad existe una de las grandes fortalezas de la actriz. María José no interpreta la autenticidad como una idea perfecta o una respuesta definitiva, sino como un proceso. Uno que requiere tiempo, preguntas y, sobre todo, la disposición de mirarnos sin intentar reducirnos.

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El cuerpo también cuenta historias

Antes de encontrar en la actuación su principal lenguaje, María José de la Cruz encontró el movimiento.

Su formación artística comenzó desde temprana edad y atravesó distintas disciplinas: ballet, hip-hop, jazz, danza contemporánea, flamenco e incluso Tae Kwon Do. Más adelante llegarían la actuación y la escritura, construyendo una preparación multidisciplinaria que hoy forma parte esencial de su manera de acercarse a un personaje.

Para ella, el cuerpo no es solamente una herramienta del actor: es una forma de contar.

“El ser actriz te pide estar en contacto con tu instrumento principal, tu cuerpo”, explica.

Cada disciplina le enseñó algo distinto. El ballet le dio balance y coordinación; el flamenco, control y capacidad de aislar el movimiento; el Tae Kwon Do, fuerza. Todo ese aprendizaje termina apareciendo en lugares que quizá el espectador no identifica conscientemente, pero que sí percibe.

“¿Qué los lleva más, la cabeza o las caderas? Desde dónde se mueven te dice mucho de cómo se desarrollan con ellos mismos y con el mundo”, cuenta.

Es una manera fascinante de entender la actuación: antes de que un personaje diga quién es, su cuerpo ya lo está diciendo.

La forma de caminar, entrar a una habitación, mirar o permanecer quieto puede revelar aquello que las palabras intentan esconder. Para María José, construir un personaje comienza también por descubrir esa geografía física que lo habita.

Y quizá eso explica por qué su recorrido artístico no se siente dividido entre disciplinas, sino acumulativo. Cada experiencia se convierte en una herramienta para comprender mejor a las personas que interpreta.

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Aprender a ocupar el espacio

Hay otra historia detrás de la actriz que resulta especialmente conmovedora.

Durante su infancia y adolescencia, María José fue consciente de ser más alta y grande que otras personas de su edad. Con el tiempo desarrolló una estrategia que muchas personas conocen demasiado bien: hacerse pequeña para intentar encajar.

Fue durante su formación actoral en Los Ángeles, en The American Academy of Dramatic Arts, donde comenzó a transformar esa percepción. Una de sus grandes maestras, Judith Bohanon, le enseñó una idea que trascendió el aula.

Ser dueña de mi tamaño y el espacio que habito”, dice María José al hablar de uno de los aprendizajes que conserva hasta hoy.

La frase tiene una fuerza que va mucho más allá de la actuación.

Porque ocupar espacio también es una forma de aceptar quiénes somos.

No disculparnos por nuestra presencia. No intentar disminuir nuestras ideas. No caminar por el mundo como si necesitáramos pedir permiso para existir.

“Siempre fui muy alta y muy grande para mi edad y desarrollé el cómo ‘achicarme’ para sentirme más normal o que cupiera mejor”, recuerda. Su maestra le enseñó a no esconderse, y ese aprendizaje la ha acompañado “desde esa clase a todo lo que hago y a todos los sets a los que llego”.

Quizá ese sea uno de los viajes más interesantes de María José de la Cruz: pasar de aprender a controlar el cuerpo a aprender a habitarlo; de intentar ocupar menos espacio a entender que su presencia también es parte de su fuerza.

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Los nervios también son amor

Existe una idea romántica sobre la actuación que supone que la experiencia eventualmente elimina los nervios. Que después de suficientes clases, escenarios y llamados, el miedo desaparece.

María José piensa distinto.

Interpretar a Cecilia le confirmó que quizá nunca se trate de dejar de sentir ese rush antes de entrar a escena.

No hay entrenamiento o clases suficientes que me vayan a quitar los nervios”, confiesa. Pero, lejos de querer eliminarlos, descubrió que no quiere perderlos.

Porque esos nervios son también una señal.

La adrenalina le recuerda cuánto le apasiona lo que hace. Y hay algo hermoso en no querer anestesiar esa emoción, en entender que incluso después de prepararnos durante años puede existir ese instante de incertidumbre justo antes de entrar a escena.

La experiencia, entonces, no consiste necesariamente en dejar de tener miedo. Tal vez consiste en aprender a caminar con él.

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Una actriz sin ganas de elegir una sola versión de sí misma

Si algo parece definir el momento profesional que vive María José es precisamente su deseo de no limitarse.

Al preguntarle qué pediría si tuviera frente a ella a la niña mágica de Hotel Todo Incluido, su respuesta es tan clara como ambiciosa: Trabajar en todos los géneros; en una comedia, un thriller, un drama, un romance, nunca encasillarme a nada y no dejar nunca de probarlo todo”.

Es un deseo que habla de una carrera, pero también de una filosofía.

Porque para una actriz en formación permanente, quedarse en un solo lugar puede ser otra manera de dejar de descubrirse. María José quiere probar registros, personajes y mundos distintos. Quiere permitirse equivocarse, sorprenderse y comenzar de nuevo.

Su paso por Los Ángeles también amplió esa mirada. Además de estudiar actuación, tuvo la oportunidad de escribir e interpretar una pieza autobiográfica, una experiencia que la acercó a otra dimensión de la creación escénica: contar desde la propia experiencia.

Y quizá por eso su aproximación a Cecilia tiene una sensibilidad particular. María José sabe que actuar no consiste únicamente en convertirse en alguien más. También implica llevar una parte de nosotros mismos al personaje para encontrar, en ese cruce, algo verdadero.

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“Porque tenía que verla”

Hay una pregunta que María José le haría a Cecilia después de terminar la historia.

“¿Por qué aun sabiendo que ella no te quería ahí, fuiste?”

Y la respuesta que imagina para su personaje es sencilla:

Porque tenía que verla”.

En pocas palabras existe todo el peso de una historia de amor. El deseo de encontrarse con alguien incluso cuando sabemos que hacerlo puede doler. La necesidad de cerrar un ciclo o, quizá, de abrir uno nuevo. La imposibilidad de ignorar aquello que el corazón todavía no ha terminado de decir.

Y es ahí donde Hotel Todo Incluido encuentra una de sus mayores posibilidades: utilizar la fantasía para hablar de emociones reales.

Porque todos tenemos deseos que hemos escondido. Todos hemos tomado decisiones para protegernos. Todos, en algún momento, hemos intentado convencernos de que no queremos algo que en realidad nos importa profundamente.

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María José de la Cruz llega a esta historia desde un lugar que se siente especialmente honesto. El de una actriz que ha aprendido a escuchar su cuerpo, a ocupar su espacio y a no intentar desaparecer para caber en lugares que no fueron hechos para ella.

Quizá por eso Cecilia representa algo más que un nuevo personaje en su carrera.

Es también una invitación a preguntarnos qué pasaría si dejáramos de huir de aquello que realmente queremos.

Porque a veces el deseo no llega como una revelación espectacular. A veces aparece como un nervio antes de entrar a escena. Como una voz que insiste. Como una persona a la que necesitamos volver a ver. Como el cuerpo que finalmente dejamos de esconder.

Y quizá crecer consiste justamente en eso: aprender que la vida no se vuelve más nuestra cuando dejamos de sentir miedo, sino cuando dejamos de permitir que el miedo decida por nosotros.

María José de la Cruz parece estar en ese momento. Uno en el que ya no busca hacerse pequeña, ni elegir una sola versión de sí misma, ni apagar los nervios que le recuerdan por qué ama actuar.

Está aprendiendo a ocupar todo el espacio que le corresponde.

Y desde ahí, quiere probarlo todo.

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