Hay actores que interpretan personajes. Y hay actores que se dejan transformar por ellos.
A Miguel Rodarte le interesa lo segundo.
Después de años construyendo una carrera que ha transitado con naturalidad entre el cine, las series y el teatro, el actor mexicano parece encontrarse en un punto particularmente interesante de su vida: ese lugar en el que el éxito deja de medirse únicamente por los proyectos que llegan y empieza a medirse por las historias que realmente tienen algo que decir.
En septiembre, Rodarte llega a la pantalla con Mal de Amores, la adaptación de la novela de Ángeles Mastretta dirigida por Catalina Aguilar Mastretta, mientras continúa explorando a Octavio Romandía en la segunda temporada de Las Azules. Dos personajes de épocas distintas, con códigos diferentes, pero unidos por una misma idea: hombres que entienden que acompañar a una mujer a conquistar su libertad no significa perder la propia.
Y quizá ahí está una de las claves del momento que atraviesa Miguel Rodarte. No se trata únicamente de interpretar hombres que desafían las convenciones de su tiempo. Se trata de preguntarse qué significa ser hombre hoy.
“No se trata de renunciar a nuestra fuerza, sino de redefinir qué significa ser fuerte”, explica. “Entender que abrir espacio al otro no te quita poder, que mostrar vulnerabilidad no te hace débil y que no necesitas imponerte para ejercer autoridad”.
La frase podría funcionar como una declaración de principios para esta etapa de su carrera.

El hombre que escucha
En Las Azules, Rodarte interpreta a Octavio Romandía, un personaje fundamental en la formación del primer equipo policial femenino de México. La segunda temporada profundiza en una historia atravesada por la justicia, el poder, la corrupción y los límites de una institución construida desde una lógica predominantemente masculina.
Pero Romandía no está escrito como un héroe perfecto ni como un hombre que simplemente “comprende” a las mujeres de su entorno. Su fuerza está precisamente en su capacidad para evolucionar.
“Romandía no es un hombre adelantado a su época; es un hombre de su época que se atreve a desafiarla”, dice Rodarte.
La diferencia es importante. Porque desafiar una época implica primero reconocer que se pertenece a ella.
Romandía tiene autoridad, pero aprende a compartirla. Tiene experiencia, pero permite que otros le enseñen. Tiene una posición de poder, pero no necesita utilizarla para demostrar que es superior.
“En un mundo dominado por hombres, no mira a Las Azules con condescendencia: las ve como lo que son, colegas y profesionales con la misma capacidad e inteligencia que cualquiera de sus compañeros”, explica.
Interpretarlo le dejó una reflexión que trasciende la ficción: “La verdadera fortaleza no consiste en imponer la propia voz, sino en aprender a escuchar la de los demás”.
Es una idea sencilla, pero profundamente contemporánea. En una época que parece obsesionada con hablar, opinar, reaccionar y ocupar espacio, escuchar puede convertirse en una de las formas más sofisticadas de poder.

Diego Sauri y la libertad de elegir
Si Romandía aprende a abrirse a una realidad que cuestiona sus certezas, Diego Sauri, el personaje que Rodarte interpreta en Mal de Amores, parte de una convicción distinta.
Es un boticario, un hombre librepensador y, sobre todo, un padre que entiende que amar a una hija también significa darle las herramientas para decidir quién quiere ser.
Ambientada entre finales del siglo XIX y principios del XX, la historia de Emilia Sauri se desarrolla en una sociedad donde el destino de las mujeres parecía estar escrito de antemano. Su deseo de convertirse en médica representa una ruptura con las reglas sociales de su tiempo.
Diego, en lugar de pedirle que se conforme, hace algo mucho más revolucionario: la impulsa a imaginar que puede elegir.
“Es un hombre adelantado a su tiempo: un librepensador y un padre profundamente amoroso que, en un mundo empeñado en decirle a las mujeres cuál era su lugar, decide enseñarle a su hija que el suyo puede ser cualquiera que ella elija”, comparte Rodarte.
Hay algo especialmente emotivo en que estos dos personajes lleguen a la carrera del actor al mismo tiempo. Ambos pertenecen a mundos donde las estructuras de poder estaban claramente definidas, pero ambos encuentran una manera de cuestionarlas.
Uno aprende a escuchar. El otro enseña a elegir.
Y Rodarte, desde el presente, encuentra en ellos preguntas que también hablan de su propia evolución.

De querer ser visto a tener algo que decir
Quizá una de las transformaciones más importantes de Miguel Rodarte no ha ocurrido frente a una cámara, sino detrás de ella, en su manera de entender el oficio.
Cuando comenzó su carrera, el protagonismo llegó prácticamente antes de que pudiera perseguirlo. Su debut cinematográfico en El Tigre de Santa Julia lo colocó desde temprano en un lugar de gran exposición.
Pero el tiempo cambia las preguntas.
“Con los años entendí que lo que realmente me interesa no es ser protagonista, sino encontrar personajes e historias poderosas que resuenen con el momento que estoy viviendo y con las conversaciones de las que quiero formar parte”, cuenta.
Es una diferencia enorme.
Porque una carrera puede construirse alrededor de la necesidad de demostrar y, con el tiempo, convertirse en un espacio para explorar.
Rodarte reconoce que en una primera etapa existía una necesidad de mostrar lo que podía hacer, probarse, encontrarse a través de los personajes. Hoy la pregunta es otra: qué quiere decir a través de ellos.
Ese cambio también explica su interés por personajes que lo confrontan con diferentes estructuras de poder, con la violencia, la masculinidad, la libertad y las contradicciones humanas.
“Hoy busco que mis personajes no solamente tengan algo que mostrar, sino algo que decir”, afirma.
Y esa frase parece describir perfectamente el momento que vive.

Actuar también es aprender a escucharse
Para Miguel Rodarte, actuar nunca ha consistido únicamente en transformarse en otra persona. Es también una manera de regresar a uno mismo.
A lo largo de su carrera ha interpretado policías, hombres atravesados por la violencia, personajes relacionados con el poder político y el crimen, padres enfrentados a pérdidas devastadoras y hombres que deben cuestionar sus propias certezas.
Cada uno le ha abierto una puerta.
“Ver el mundo a través de mis personajes ha sido también una manera de explorarme a mí mismo. Cada uno me deja algo, me abre una puerta y, si tengo suerte, me transforma un poco”, dice.
Tal vez esa sea una de las razones por las que su trabajo se siente tan distinto cuando aparece en pantalla. La versatilidad no está solamente en poder interpretar personajes diferentes; está en tener la sensibilidad suficiente para no interpretarlos todos desde el mismo lugar.
Y también está el aprendizaje de escuchar.
“Antes quizá escuchaba muchas veces para responder; hoy intento escuchar más para entender”.
Después de tantos años frente a una cámara, esa podría ser una de las mayores lecciones del oficio. Aprender que estar presente no significa necesariamente ocupar el centro.

Cuatro Miguel Rodarte
Existe una paradoja fascinante en ser actor: mientras más personas creen conocerte, más importante se vuelve distinguir entre quién eres y quién creen que eres.
Rodarte lo explica a partir de cuatro figuras: el personaje, el actor profesional, la figura pública y Miguel, la persona que existe detrás de todas esas construcciones.
“Uno de los personajes más peligrosos que puede construir un actor es el personaje de sí mismo”, reflexiona.
Es quizá una de las frases más reveladoras de la conversación.
Porque la fama también puede convertirse en una actuación permanente. Sonreír cuando se espera una sonrisa, responder como se supone que debe responder alguien con cierta imagen, sostener una versión de uno mismo para no decepcionar al público.
Rodarte ha aprendido a desconfiar de esa trampa.
“Para mí es muy importante conservar la libertad de cambiar, de contradecirme, de equivocarme, de seguir descubriendo quién soy sin sentir que tengo que responder permanentemente a una idea de ‘Miguel Rodarte’”.
La autenticidad, en ese sentido, no es una pose. Es permitirte cambiar.

Una voz que también mira hacia afuera del set
La evolución de Rodarte no ocurre únicamente en la actuación.
Su interés por la conservación y la sostenibilidad lo ha llevado a participar en espacios internacionales como EarthX y en conversaciones relacionadas con el cuidado del Mar de Cortés. También colabora con Fundación México Vivo, donde participa en iniciativas relacionadas con educación sexual, bienestar, conciencia social y formación de nuevas generaciones.
Hay un hilo que conecta todas estas inquietudes con su trabajo artístico: el cuidado.
Cuidar una historia. Cuidar al otro. Cuidarse a uno mismo. Cuidar el planeta.
Rodarte habla incluso de un “ambientalismo afectivo”: la idea de que es difícil proteger aquello que no amamos.
“Creo que es muy difícil cuidar aquello que no amas”, dice.
Y la reflexión se vuelve todavía más profunda cuando conecta el cuidado del entorno con la manera en que nos relacionamos como sociedad.
Para él, la violencia, la salud emocional, la educación, el medio ambiente y la convivencia no son conversaciones aisladas. Forman parte de una misma pregunta: cómo recuperar una cultura del cuidado.
Tener una voz pública, además, implica responsabilidad.
“Si tienes un micrófono, a veces lo más útil que puedes hacer no es hablar más fuerte, sino acercárselo a quien necesita ser escuchado”, afirma.
Es una postura que resulta especialmente relevante en un momento en que la visibilidad puede confundirse fácilmente con autoridad.
Rodarte parece elegir otro camino: escuchar, aprender y utilizar la exposición para amplificar conversaciones que considera importantes.

El oficio de toda una vida
Quizá por eso, cuando habla del futuro de la industria mexicana, su preocupación no está en quién será la próxima gran celebridad.
Está en quién tendrá la oportunidad de convertirse en artista.
“Me gustaría que las nuevas generaciones tuvieran la posibilidad de construir una carrera y no solamente perseguir visibilidad”, asegura.
En una industria dominada cada vez más por la velocidad, los algoritmos y la necesidad de llamar la atención, Rodarte defiende algo que parece casi contracultural: el tiempo.
Tiempo para formarse. Para equivocarse. Para hacer teatro. Para interpretar personajes pequeños. Para trabajar con distintos directores. Para desarrollar una voz.
“Puedes construir una audiencia en muy poco tiempo, pero construirte como artista es el trabajo de toda una vida”.
Quizá esa frase sea el mejor resumen de su presente.
Miguel Rodarte no parece estar persiguiendo una versión definitiva de sí mismo. Al contrario: continúa permitiéndose cambiar.
Y eso hace que esta portada de The Title llegue en un momento particularmente significativo. Porque septiembre encuentra a un actor que no solo suma nuevos personajes a una carrera sólida; encuentra a un hombre que está utilizando el oficio para hacerse preguntas más grandes.
Sobre el poder. Sobre la masculinidad. Sobre la libertad. Sobre el cuidado. Sobre la responsabilidad de tener una voz. Sobre lo que significa permanecer humano en una industria que cambia a una velocidad vertiginosa.
Después de tantos años interpretando a otros, quizá el personaje más interesante de Miguel Rodarte sea precisamente el que todavía está descubriendo.
Uno que no necesita tener todas las respuestas. Uno que aprendió que escuchar también es una forma de fuerza. Uno que entiende que acompañar no significa desaparecer. Uno que sabe que la verdadera transformación no siempre sucede cuando alguien cambia de personaje, sino cuando se atreve a cambiar de mirada.
Y quizá ahí está el verdadero lujo de la madurez: ya no tener que demostrar quién eres, sino tener la libertad de seguir descubriéndolo.





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