Rossana Nájera no regresa a la televisión: reaparece desde otro lugar. Más consciente, más honesta y con una mirada mucho más profunda sobre los personajes femeninos que hoy exige la ficción. La actriz mexicana forma parte de la nueva telenovela Hermanas, un amor compartido, producción de Silvia Cano para TelevisaUnivision, donde da vida a Lía, un personaje antagónico que no busca gritar más fuerte, sino desestabilizar emocionalmente a todos los que la rodean.
En un panorama televisivo que poco a poco se ha desprendido de los estereotipos rígidos, Rossana se integra a una narrativa donde las mujeres ya no son completamente buenas ni completamente malas. Son, ante todo, humanas. Y Lía es prueba de ello.
Un nuevo tipo de villana: menos cliché, más profundidad
Lejos de la villana clásica de telenovela, Lía es una mujer inteligente, calculadora y emocionalmente herida. Su llegada a la historia no solo eleva la tensión dramática, sino que reacomoda el tablero emocional de todos los personajes, detonando conflictos familiares, cuestionando lealtades y obligando a tomar decisiones que marcarán un antes y un después en la trama.
Rossana Nájera construye a Lía desde un lugar poco habitual para los antagonistas: la inconsciencia. No se trata de una maldad gratuita ni de un corazón retorcido, sino de una mujer atravesada por pérdidas profundas, una infancia marcada por el abandono emocional y una crianza que confundió amor con sobreprotección.
“Creo que Lía no hace las cosas desde la maldad, sino desde una inconsciencia absoluta”, reflexiona la actriz. Esa visión transforma por completo al personaje y lo vuelve incómodamente cercano.
Personajes femeninos más reales, menos perfectos
Para Rossana, el gran cambio en la televisión actual está en la forma en que se escriben y se interpretan las mujeres. Hoy, incluso las protagonistas tienen derecho a equivocarse, a explotar, a poner límites y a mostrar su lado oscuro sin ser castigadas por ello.
Esta evolución conecta directamente con el público contemporáneo, que ya no busca figuras idealizadas, sino personajes con los que pueda identificarse. Mujeres que, como en la vida real, habitan la contradicción.
“Todos tenemos una parte de luz y una parte de sombra”, afirma. Y en Hermanas, un amor compartido, esa dualidad es el motor narrativo.

Salir de la zona de confort: actuar desde lo incómodo
Aunque Rossana cuenta con una sólida trayectoria en televisión, interpretar a Lía significó un desafío emocional inédito. No por la maldad en sí, sino por lo que implicaba ejercerla dentro de la historia.
Uno de los retos más complejos fue tener que lastimar emocionalmente a una niña en escena. “Me costó muchísimo trabajo tenerle que hablar mal a una niña tan chiquita, tan tierna”, confiesa. Las primeras semanas de grabación fueron especialmente difíciles, pero también reveladoras como actriz.
Ahí es donde el personaje deja de ser un ejercicio técnico y se convierte en una experiencia emocional profunda, que exige una entrega total.
La incomodidad como forma de poder
Rossana lo tiene claro: prefiere interpretar a una mujer que incomoda antes que a una que solo busca agradar. En la ficción, ese espacio le permite explorar conductas que en su vida personal le cuestan trabajo: poner límites, no buscar aprobación y decir lo que piensa sin temor a no encajar.
Paradójicamente, Lía se convierte en un espejo. No para replicar sus actos, sino para aprender de su capacidad de no pedir permiso. “Ojalá le aprenda un poco… no de las maldades, jamás, pero sí de no importarle si agrada o no”.
Este enfoque conecta con una conversación mucho más amplia sobre las mujeres en pantalla y fuera de ella: la necesidad de normalizar el conflicto, la incomodidad y la firmeza como parte de la identidad femenina.

Villanas que calculan, no que gritan
Otra de las claves del personaje es su inteligencia emocional —o la falta consciente de ella—. Lía no necesita levantar la voz constantemente. Manipula, observa, mide y actúa desde el dolor de dejar de ser el centro de atención.
Rossana y el equipo creativo fueron claros desde el inicio: no querían una villana ochentera, sino una mujer narcisista, inconsciente y profundamente herida. Una antagonista que refleja emociones humanas llevadas al extremo.
Ese tipo de construcción narrativa es la que hoy domina las historias que realmente conectan con la audiencia.
Después de MasterChef: una relación distinta con el público
El paso de Rossana por MasterChef Celebrity México, donde se coronó ganadora en 2023, marcó un antes y un después en su carrera. Por primera vez, el público pudo conocerla sin personaje, sin guion y bajo presión constante.
Esa exposición reveló una personalidad más reservada, sensible y disciplinada. Una mujer que prefiere callar antes que confrontar, obedecer antes que imponerse. Y aunque reconoce que no siempre es lo ideal, también entiende que esa honestidad fue clave para conectar con la audiencia.
“Es muy difícil sostener algo que no eres en un reality”, admite. Lo que el público vio fue real, con virtudes y defectos incluidos. Y esa autenticidad fortaleció el vínculo con sus seguidores.

Un momento de madurez profesional
Hoy, Rossana Nájera se encuentra en un punto de equilibrio entre experiencia, autoconocimiento y riesgo creativo. Su regreso a la televisión no es casual ni cómodo: es una apuesta consciente por personajes más complejos, historias más humanas y narrativas que reflejan el mundo emocional contemporáneo.
Lía no busca caer bien. Busca incomodar, cuestionar y provocar. Y en ese gesto incómodo, Rossana confirma algo esencial: la televisión también evoluciona cuando sus personajes se atreven a no ser perfectos.





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