Hay algo profundamente incómodo —y al mismo tiempo refrescante— en escuchar a alguien decir la verdad en una industria que vive de aparentar certezas. Salvador Suárez no maquilla el discurso. No romantiza el proceso creativo. Y, definitivamente, no compra la narrativa de que el contenido debe obedecer al algoritmo.

Su carrera habla por sí sola: desde la dirección y coescritura de Enloqueciendo Contigo, pasando por su participación en el fenómeno teatral Siete Veces Adiós, hasta su paso por proyectos como Backdoor, Navidad en Vivo y Supertitlán. Pero más allá de los créditos, lo que realmente define a Suárez es su obsesión por contar historias que conecten —aunque eso implique ir en contra de lo que “se supone” que funciona.

Porque sí, hoy hacer cine, televisión o teatro ya no es solo crear. Es negociar con plataformas, métricas, juntas eternas y expectativas que cambian cada semana.

Y ahí es donde empieza el conflicto.

El problema no es que falten historias, es que no sabemos dónde verlas

Si algo tiene claro Salvador Suárez, es que el discurso simplista sobre el cine mexicano está completamente roto.

“Sí creo que hay muchas posibilidades, muchos tipos de género. Lo que veo yo es complicado verlas… creo que no hay espacios suficientes para ver todo el cine mexicano que se está haciendo.”

La queja recurrente en redes sociales —esa de “otra vez una comedia mexicana”— le parece, en el mejor de los casos, incompleta.

Porque mientras el público señala lo evidente, ignora lo importante: hay más historias, más arriesgadas, más diversas… pero simplemente no están al alcance.

“Existen otras películas que están siendo exitosas en otras partes del mundo… pero tú, persona que te estás quejando, no estás comprando el boleto de esa otra película.”

Y no, no es solo culpa del espectador.

Suárez lo pone sobre la mesa sin titubeos: la distribución, el marketing y la exhibición también fallan. Películas que podrían encontrar a su audiencia simplemente no llegan, o lo hacen en horarios imposibles, en circuitos limitados o sin promoción.

“Puedo tener esta película hermosa que es para un target mucho más chiquito, pero también tengo que pensar en cómo le hago para que ese target sepa que existe.”

La ironía es brutal: nunca se ha producido tanto contenido… y nunca ha sido tan difícil encontrarlo.

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Fotografía, Jacobo Ríos. Agencia, EmiRec. Yanko Bribiesca

Crear en tiempos de algoritmo: entre la tendencia y la terquedad

En un momento donde el reto ya no es solo financiar una historia, sino lograr que alguien quiera escucharla si no responde a una tendencia, Salvador Suárez lo tiene claro: el verdadero peligro está en dejar que las plataformas moldeen la voz creativa. “Yo no soy mucho de seguir la tendencia… porque siento que si la sigo, voy a llegar tarde”, afirma. En una industria saturada de contenido replicable, su postura no es solo una declaración artística, es una estrategia de supervivencia. Porque cuando todo suena igual, lo único que realmente destaca es lo que se siente propio, aunque eso implique nadar contra corriente.

Sin embargo, sostener esa autenticidad tiene un costo. “Es muy difícil lograr colar tus propias ideas, tus propias historias”, admite, en un entorno dominado por métricas, juntas y expectativas comerciales que reducen cada vez más el espacio para lo personal. Aun así, Suárez insiste en no soltarse de ahí, impulsado por una inquietud constante que no le permite acomodarse: “No me siento en ‘ya lo logré’. Más bien es cómo continúo innovando y buscando”. Porque en esta industria, quedarse quieto no es estabilidad… es desaparecer.

El miedo a lo nuevo: la enfermedad silenciosa de la industria

Si hay algo que atraviesa la conversación con Salvador Suárez es la ausencia de riesgo en la industria. Para él, tanto la televisión como algunas plataformas viven atrapadas en una repetición constante de fórmulas que ya funcionaron. “Creo que nos da miedo arriesgar… como que nos vamos a la segura”, dice, señalando un sistema donde el temor al fracaso pesa más que la posibilidad de innovar. Y aunque reconoce que detrás de cada producción hay inversiones millonarias que justifican cierta cautela, también advierte el costo creativo de esa decisión: sin riesgo, no hay evolución.

Suárez lo aterriza con una analogía clara: “Como pasa en Broadway… estrenan muchas obras y son poquitas las que se quedan mucho tiempo, pero se vuelven muy prolíficas”. La diferencia, explica, es que allá el volumen permite que surjan verdaderos éxitos, mientras que en México el margen de error es tan limitado que termina sofocando nuevas propuestas. “Nos arriesgamos muy poco y entonces la estadística te arroja muchos menos éxitos”, concluye. El resultado es evidente: historias que se repiten, personajes previsibles y una industria que, por miedo, deja de sorprender.

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Fotografía, Jacobo Ríos. Agencia, EmiRec. Yanko Bribiesca

Nadie tiene la fórmula (aunque todos finjan que sí)

En una industria obsesionada con replicar éxitos, Salvador Suárez lanza una de las verdades más incómodas —y necesarias—: nadie sabe realmente qué va a funcionar. “La verdad es que nadie tenemos la fórmula”, afirma, desmontando la ilusión de control con la que operan ejecutivos, plataformas y hasta los propios creadores. Aun así, el sistema insiste en comportarse como si existiera un manual infalible: se repiten estructuras, se imitan tendencias y se diseñan proyectos “a la medida” del algoritmo, solo para confirmar que el éxito sigue siendo, en esencia, impredecible.

Frente a esa incertidumbre, su postura es casi radical por su sencillez: regresar al origen creativo. “Es hacerlo de la mejor manera posible, dedicarle el mayor tiempo, que tenga la mejor calidad… y ver qué sucede”, explica. Una filosofía que suena simple, pero que en realidad desafía la lógica de una industria que privilegia la inmediatez sobre la profundidad. Porque apostar por el proceso —y no por la fórmula— implica aceptar algo que pocos están dispuestos a asumir: que el verdadero valor no está en garantizar el éxito, sino en construir algo que valga la pena contar.

El futuro: historias que sanan (y también incomodan)

Mientras la industria sigue debatiéndose entre lo seguro y lo nuevo, Salvador Suárez avanza sin distraerse del fondo: contar historias que realmente importen. Su próximo documental, ¿Cómo se cura un corazón roto?, nace desde esa intención de explorar lo íntimo y lo universal, lejos de fórmulas predecibles. Y aunque ya prepara su siguiente largometraje, su enfoque no cambia, porque —como él mismo ha dejado claro— no se trata de perseguir tendencias: “Yo no soy mucho de seguir la tendencia… porque siento que si la sigo, voy a llegar tarde”.

Más allá de títulos y estrenos, su motor creativo está en otro lugar: conectar desde lo humano. “Es muy difícil lograr colar tus propias ideas, tus propias historias”, admite, pero ahí es donde decide quedarse. En una industria que compite por segundos de atención, su apuesta es más radical de lo que parece: construir historias que no solo se vean, sino que se sientan. Porque al final, no se trata de ser lo más viral… sino lo más honesto.

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Fotografía, Jacobo Ríos. Agencia, EmiRec. Yanko Bribiesca

La conclusión incómoda (pero necesaria)

Escuchar a Salvador Suárez deja una conclusión difícil de ignorar: el problema no es la falta de talento en México, sino la falta de riesgo y de espacios para que ese talento exista. “Creo que nos da miedo arriesgar… como que nos vamos a la segura”, señala, evidenciando una industria que prefiere repetir lo que ya funcionó antes que apostar por lo desconocido. Y en ese ciclo, no solo fallan las decisiones internas, también el ecosistema completo —incluido el público— que muchas veces exige nuevas historias, pero no necesariamente las busca.

Ahí es donde su reflexión se vuelve incómoda: “Existen otras películas… pero tú, persona que te estás quejando, no estás comprando el boleto de esa otra película”. La responsabilidad, entonces, es compartida. Porque no basta con pedir narrativas distintas, hay que encontrarlas, sostenerlas y darles espacio. Al final, más que una crítica, su postura es un llamado directo: si queremos historias nuevas, también tenemos que aprender a verlas.

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