Hay arquitectos que dejan edificios y otros que, casi sin darnos cuenta, terminan formando parte de la imagen de un país. Pedro Ramírez Vázquez pertenece a los segundos.
Su nombre está detrás de algunos de los espacios más reconocibles de México: el Museo Nacional de Antropología, el Museo de Arte Moderno, la Basílica de Guadalupe, el Estadio Azteca y el Palacio Legislativo de San Lázaro, entre muchos otros. Sin embargo, recorrer únicamente sus edificios sería conocer apenas una parte de su historia.
Arquitecto, diseñador, urbanista, maestro, servidor público y promotor cultural, Ramírez Vázquez entendía los proyectos de manera integral. No se trataba solamente de construir, había que preguntarse para quién, para qué y de qué manera un espacio podía responder a las necesidades de la sociedad.
Antes de los grandes edificios estuvieron las escuelas
Mucho antes de los museos, estadios y grandes recintos públicos, estuvieron las aulas.
Ramírez Vázquez, participó en el desarrollo de sistemas que permitieron construir escuelas en comunidades rurales de México de manera económica, funcional y reproducible. Entre 1960 y 1964 se levantaron alrededor de 35 mil aulas mediante el programa Aula-Casa Rural.
Esa preocupación por la educación también lo llevó a otros terrenos. En 1974, se convirtió en fundador y primer rector de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), creada en un momento en que la Ciudad de México demandaba nuevas alternativas de educación superior.

El arquitecto que también pensaba cómo contar historias
Si existe un ámbito en el que esa visión integral puede observarse con claridad es el de los museos.
En el Bosque de Chapultepec, en la Ciudad de México, es posible recorrer parte de su trayectoria caminando. Allí se encuentran el Museo Nacional de Antropología, el Museo de Arte Moderno y la Galería de Historia, conocida como Museo del Caracol.
El Museo Nacional de Antropología, inaugurado en 1964, se convirtió en una de sus obras emblemáticas. Su importancia, va mucho más allá del famoso patio central y su enorme paraguas.
Ramírez Vázquez, concebía el museo como una experiencia en la que arquitectura, museografía, investigación y arte debían dialogar. Para conseguirlo, reunió a arquitectos, antropólogos, museógrafos, científicos y artistas en torno a un mismo proyecto.
Esa capacidad de integrar disciplinas sería una constante de su trabajo.
México 68: cuando el arquitecto se convirtió también en diseñador
Hay otra faceta de Pedro Ramírez Vázquez que suele quedar detrás de sus edificios, que es su profundo interés por el diseño.
Le atraían la gráfica, los objetos, la museografía y la identidad visual. Esa mirada encontró uno de sus mayores escaparates durante los Juegos Olímpicos de 1968.
Como presidente del Comité Organizador, estuvo al frente de un proyecto en el que arquitectura, comunicación, cultura y diseño debían formar parte de un mismo lenguaje. Un amplio equipo de creadores mexicanos y extranjeros, desarrollaron la identidad de México 68, que terminaría convirtiéndose en una de las imágenes más reconocibles del diseño mexicano del siglo XX.
Nuevamente aparece el mismo método, reunir especialistas, coordinar disciplinas y pensar el proyecto como un todo.

Construir lugares que terminarían siendo símbolos
Esa forma de trabajar también puede encontrarse en algunos de sus edificios más conocidos.
El Estadio Azteca, realizado junto con Rafael Mijares Alcérreca, trascendió su función deportiva para convertirse en escenario de acontecimientos que forman parte de la memoria colectiva del país.
La Basílica de Guadalupe, presentó un desafío completamente distinto: diseñar un recinto contemporáneo capaz de recibir enormes concentraciones de visitantes y mantener, al mismo tiempo, la atención en el principal elemento religioso del espacio.
Museos, mercados, instalaciones deportivas, edificios públicos y proyectos dentro y fuera de México, completan una producción extraordinariamente extensa.
Pero quizá, su importancia no se mida únicamente por la cantidad de obras realizadas; décadas después, muchas de ellas continúan utilizándose, transformándose y formando parte de la vida cotidiana.

Un director de orquesta
Su hijo, el arquitecto Javier Ramírez Campuzano, ha utilizado una imagen especialmente acertada para explicar la manera en que trabajaba su padre: “era una especie de director de orquesta”.
Sabía convocar especialistas, escuchar distintas disciplinas y coordinar equipos capaces de resolver proyectos de enorme complejidad.
La comparación permite mirar su obra desde otra perspectiva. Detrás de los grandes edificios no estaba solamente un arquitecto dibujando planos, sino alguien interesado en hacer coincidir arquitectura, ingeniería, arte, antropología, diseño, comunicación y función pública.
Y es precisamente Javier Ramírez Campuzano, quien hoy, permite acercarse a esa dimensión menos visible de su padre.

La Casa-Estudio: entrar al universo de Pedro Ramírez Vázquez
Después de recorrer mentalmente edificios monumentales, museos y estadios, sorprende llegar a un espacio de una escala completamente distinta, la Casa-Estudio de Pedro Ramírez Vázquez.
Ya no estamos únicamente frente al arquitecto de las grandes obras públicas, sino en el lugar donde vivió y trabajó; donde dibujó, recibió a colaboradores y amigos, reunió libros y objetos, desarrolló ideas y mantuvo un contacto permanente con el arte y el diseño.
Recorrer este espacio, permite descubrir una dimensión más íntima del arquitecto; fotografías, dibujos, publicaciones, documentos y piezas reunidas a lo largo de los años, una extensa trayectoria profesional, y también sus intereses, referencias y una particular manera de observar el mundo.
La arquitectura, la gráfica, el arte popular, el diseño y la historia, conviven aquí de manera natural.
Más que una residencia o un antiguo lugar de trabajo, la Casa-Estudio permite acercarse al origen de las ideas y conocer al hombre que existía detrás de todas las obras.

Javier Ramírez Campuzano: preservar una historia para seguir contándola
Pedro Ramírez Vázquez murió el 16 de abril de 2013, el mismo día en que cumplió 94 años; desde entonces, una parte fundamental del cuidado y la difusión de su patrimonio documental ha quedado en manos de su familia y, particularmente, de su hijo, Javier Ramírez Campuzano, también arquitecto.
A lo largo de décadas se reunió un amplio conjunto de planos, fotografías, correspondencia, publicaciones, dibujos, documentos, piezas de diseño y testimonios relacionados con proyectos que acompañaron distintos momentos de la historia de México.
La labor de Ramirez Campuzano, no consiste únicamente en resguardar estos materiales, implica ordenarlos, estudiarlos, contextualizarlos y encontrar nuevas formas de compartirlos.
Su participación con la obra de su padre, resulta especialmente valiosa, porque reúne dos perspectivas, la del hijo que conoció de cerca al hombre, y la del arquitecto capaz de interpretar profesionalmente su obra. Los recuerdos y anécdotas familiares aportan matices que difícilmente pueden encontrarse en un plano o una ficha técnica, mientras que su formación le permite explicar las decisiones, procesos y alcances de los proyectos.
A través de exposiciones, publicaciones, conferencias, recorridos y distintas iniciativas de divulgación, Ramírez Campuzano ha contribuido a tender un puente entre la trayectoria de su padre y las nuevas generaciones.

Una casa que mantiene la historia en movimiento
Pensar en este lugar, únicamente como un espacio dedicado al pasado, sería reducir su verdadero alcance.
Los materiales que resguarda, permiten volver sobre episodios fundamentales de la arquitectura, el diseño y la vida cultural mexicana del siglo XX.
Así, la historia de Pedro Ramírez Vázquez se entrelaza con otra mucho más amplia, que es la de un México que buscaba modernizarse y construir una imagen propia a través de su arquitectura, sus instituciones, su cultura y su diseño.
Un plano, una fotografía, una carta o un dibujo, dejan entonces de ser únicamente piezas de archivo. Al ser estudiados y compartidos, se convierten en testimonios capaces de aportar nuevas lecturas sobre una época y sobre los proyectos que ayudaron a definirla.
Ahí adquiere especial sentido la labor de Javier Ramírez Campuzano: no se trata solamente de preservar lo que dejó su padre, sino de mantenerlo disponible para ser observado, estudiado, interpretado y contado desde nuevas perspectivas.
De esta manera, la Casa-Estudio permanece como un espacio de encuentro entre memoria y presente; entre el arquitecto y el hombre; entre las obras que México conoce y las historias, documentos e ideas que permiten comprender cómo llegaron a existir.

La obra que seguimos habitando
La mejor manera de dimensionar la trayectoria de Pedro Ramírez Vázquez quizá sea observar cuánto de ella permanece integrado a nuestra vida cotidiana.
Entramos al Museo Nacional de Antropología.
Disfrutamos un partido al Estadio Azteca.
Celebramos la Basílica de Guadalupe.
Caminamos por el Museo de Arte Moderno.
Estudiamos en la UAM.
Muchas veces lo hacemos sin detenernos a pensar que detrás de esos espacios aparece, una y otra vez, el mismo nombre.
Pedro Ramírez Vázquez, ayudó a construir algunos de los espacios con los que México se reconoció y se presentó ante el mundo durante buena parte del siglo XX. Ahora, desde la casa donde muchas de esas ideas fueron pensadas y, desde el archivo que conserva su historia, Javier Ramírez Campuzano trabaja para que podamos conocer no solamente aquello que su padre construyó, sino también cómo pensaba, cómo trabajaba y qué había detrás de una obra de semejante magnitud.
Porque un legado permanece verdaderamente vivo cuando deja de ser solamente algo que se conserva y vuelve a convertirse en algo que puede recorrerse, estudiarse, contarse y descubrirse.
La Casa-Estudio de Pedro Ramírez Vázquez puede visitarse concertando una cita, comunicándote a través de:
Instagram: @ramirezvazquezarq
WhatsApp: 55 6344 0751
Dirección: Calle Granizo 145, colonia Jardines del Pedregal, C.P. 01900, Alcaldía Álvaro Obregón, Ciudad de México.

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