Hay historias que hablan de perseguir un sueño y otras que se atreven a contar lo que sucede cuando ese sueño se enfrenta con la realidad. ¡Oh, fortuna!, el nuevo largometraje escrito y dirigido por Luis Ayhllón, pertenece a esta segunda categoría. La película pone la mirada sobre una generación de jóvenes actores que, después de años de preparación, se encuentran ante una pregunta tan sencilla como difícil: ¿qué sigue cuando finalmente termina la escuela y comienza la vida profesional?
La respuesta no siempre es sencilla. Para quienes deciden dedicarse a la actuación, construir una carrera implica mucho más que talento. Hay audiciones, proyectos que no llegan, trabajos que aparecen de manera inesperada, incertidumbre económica y una industria en la que abrirse camino puede convertirse en una prueba constante de paciencia. En medio de todo eso, ¡Oh, fortuna! encuentra una historia profundamente humana.
Una generación que busca su lugar
La película se desarrolla en la Ciudad de México, una ciudad que funciona mucho más que como escenario. Sus calles, espacios y dinámicas acompañan a los personajes mientras intentan construir una vida alrededor de aquello que eligieron como profesión. Es una ciudad llena de posibilidades, pero también de contrastes, donde cumplir una meta puede requerir más tiempo y esfuerzo del que originalmente se imaginaba.
En ese contexto, los protagonistas comparten una circunstancia que los une: todos buscan avanzar. Cada uno tiene sus propias aspiraciones, miedos y formas de enfrentarse al futuro, pero existe una sensación común de estar comenzando desde cero. La película aprovecha esas diferencias para construir un retrato colectivo sobre lo que significa ser joven, tener una vocación y tratar de convertirla en una forma sostenible de vida.
Por eso, ¡Oh, fortuna! no plantea el éxito como un destino inmediato. Al contrario, se interesa por las pequeñas victorias, los tropiezos y las decisiones que ocurren en el camino. La historia habla de quienes todavía no tienen un nombre consolidado, pero sí tienen algo que defender: las ganas de demostrar que su trabajo merece un espacio.

Cuando la amistad se convierte en refugio
Uno de los aspectos más atractivos de la película es la importancia que adquieren los vínculos entre sus personajes. En lugar de presentar una historia individual sobre un protagonista que consigue superar todos los obstáculos, Luis Ayhllón construye un relato coral en el que distintas experiencias terminan conectándose.
Esta decisión permite que la película observe el mundo de la actuación desde diferentes perspectivas. No todos enfrentan los mismos problemas ni tienen las mismas expectativas, pero existe entre ellos una complicidad que nace de compartir una profesión y una etapa de vida. La amistad aparece entonces como una red de apoyo que ayuda a sobrellevar aquello que, de manera individual, podría resultar mucho más complicado.
En ¡Oh, fortuna!, acompañarse también es una forma de resistir. Los personajes encuentran en sus amigos un espacio para hablar de sus frustraciones, celebrar sus avances y recordar por qué decidieron dedicarse a la actuación. Es ahí donde la película adquiere una dimensión cercana: detrás de cualquier carrera artística hay personas que necesitan sentirse acompañadas mientras intentan encontrar su lugar.

Una película sobre lo que ocurre detrás del escenario
El cine suele mostrar el brillo de una profesión artística, pero ¡Oh, fortuna! decide mirar hacia el otro lado. La película se interesa por todo aquello que sucede cuando las luces se apagan y el reconocimiento todavía no llega.
Esa perspectiva permite explorar la precariedad, la incertidumbre y el esfuerzo cotidiano que forman parte de la vida de muchos jóvenes intérpretes. Lejos de convertir estas circunstancias en un relato solemne, la cinta apuesta por una mirada ágil, divertida y entrañable que encuentra humor incluso en los momentos más complicados.
La intención no parece ser ofrecer respuestas definitivas, sino presentar una fotografía honesta de una generación que está intentando abrirse paso. Una generación que estudió, se preparó y tiene sueños, pero que también debe aprender a convivir con los tiempos de espera, los rechazos y las oportunidades que llegan cuando menos se esperan.

Un elenco que también representa una nueva generación
La naturaleza de ¡Oh, fortuna! se refleja también en su reparto. La película reúne a un elenco joven integrado por Ernesto Rocha, Carlos Abraham Gongo, Marya Sotelo, Sergio Biviano, Francisco Aurelio Sánchez, David Zambrano, Emmanuel Pavía, Margareth Linares, Diego Alonso, Alexis Briseño Jaramillo, Priscila Rosado y Alejandrina García Zavala.
A ellos se suman Mario Loría, Sebastián Cobos, María Elena Olivares, Joe Behrens, Francisco Medina, Fran Lozano, Aarón Mendoza y Daniela Semiramis.
Más allá de reunir distintos talentos, el elenco representa precisamente aquello que la película quiere colocar en primer plano: intérpretes que buscan oportunidades y que encuentran en el cine un espacio para poner en práctica su formación. En ese sentido, la experiencia detrás de cámaras y la que viven los personajes parecen dialogar entre sí.
Entre los nombres del reparto destaca Ernesto Rocha, quien recientemente recibió una nominación al Premio Ariel por su trabajo en Adiós, amor. Su presencia suma interés a una película que pone atención en los nuevos rostros y en el crecimiento de una generación de actores dentro del cine independiente mexicano.
Cine independiente con una mirada propia
¡Oh, fortuna! fue filmada completamente en la Ciudad de México y forma parte del trabajo de Dodo Escenas, compañía que apuesta por desarrollar proyectos cinematográficos optimizando recursos sin dejar de lado la búsqueda artística y la solidez de sus historias.
La producción cuenta con fotografía de Sergio Matamoros, dirección de arte de Andrés Mendoza Cantú, edición de Luis Ayhllón y Roberto Bolado, música original de Carlo Ayhllón y diseño sonoro de Enrique Gutiérrez Tanco. La producción ejecutiva está a cargo de Teresa García Hernández.
Para Dodo Escenas, el proyecto también representa la continuidad de una apuesta por el cine independiente. La compañía ha producido títulos como Partida, de Luis Ayhllón, estrenada en 2025, y Nocturno, también dirigida por Ayhllón, además de ¡Oh, fortuna!. Este último proyecto llegó a encontrar un camino internacional con Nocturno, película que fue adquirida por Amazon para su distribución en Latinoamérica.
Una historia que habla de perseguir un sueño sin romantizarlo
Lo interesante de ¡Oh, fortuna! es que no presenta la vocación artística como un camino sencillo ni como una fórmula automática para alcanzar el éxito. Su mirada se acerca más a la experiencia real de quienes todavía están construyendo su trayectoria y deben aprender a convivir con la incertidumbre.
En ese proceso, la amistad, la perseverancia y la capacidad de continuar incluso cuando las cosas no salen como se esperaba se convierten en elementos esenciales. La película habla de jóvenes actores, pero sus preocupaciones pueden resultar familiares para cualquiera que alguna vez haya intentado convertir una pasión en una profesión.
Porque detrás de cada carrera que comienza existe una etapa de dudas. También hay miedo a quedarse atrás, comparaciones, expectativas y la sensación de que todos avanzan menos uno. ¡Oh, fortuna! encuentra ahí su punto de partida para contar una historia sobre crecer, insistir y descubrir que el camino profesional no tiene que ser perfecto para tener sentido.
Con el respaldo de la Secretaría de Cultura y Filmoteca UNAM, ¡Oh, fortuna! llega a la Cineteca Nacional el 21 de agosto, con una propuesta que apuesta por las nuevas generaciones, por el cine hecho con recursos limitados y, sobre todo, por personajes que buscan algo tan universal como encontrar su propio lugar en el mundo.
En una época en la que el éxito suele medirse por resultados inmediatos, la película propone detenerse a mirar el proceso. Ese momento en el que todavía no se sabe exactamente qué va a suceder, pero existe la certeza de que vale la pena seguir intentándolo. Y quizá ahí se encuentra su mayor fortuna: en recordar que, antes de llegar a cualquier meta, también hay belleza en aprender a caminar juntos.




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